viernes, 22 de febrero de 2013

HACER DIETA NO NOS MOTIVA, COMER SÍ

Casi dos meses después de hacer el propósito de perder peso, muchas personas se habrán dado cuenta que mantener esa idea resulta imposible. Todas las excusas son buenas: en invierno hay que comer mucho porque hace frío, como ahora llevamos mucha ropa no hace falta estar delgad@, en navidades comimos mucho y no se puede bajar el ritmo de golpe, etc. Realmente, estamos predispuestos a comer bien y buena cantidad, aunque la evolución nos haya llevado a un punto en el que la nutrición por sí sola parece no tener sentido.

Como casi todo, comienza con un impulso, el cerebro regula el hambre y el peso según los niveles de azúcar en sangre. El estómago nos avisa cuando lleva mucho tiempo vacío. Cada tipo de alimentos produce una respuesta química distinta, asociada a la saciedad o los estados de ánimo. El hipotálamo procesa esta información y la envía a los lóbulos frontales, que deciden la conducta a seguir. Nuestro cuerpo puede regular nuestro peso y el punto de ajuste de una manera increíble, el problema viene con la cantidad de cambios y excesos que le hacemos sufrir.


Por otro lado, la cultura decide qué comemos. Nuestras preferencias por lo dulce y lo salado son universales y genéticas, la educación hace el resto. Cada país o cada cultura prefiere un tipo de alimentos y siente aversión hacia otros. El origen de esta conducta se basa en la idea de que probar alimentos nuevos puede llevar a envenenarnos, pero no explica por ejemplo la preferencia hacia un tipo de carne: cerdo, vaca, caballo, perro, gato,... En España nos da asco ver como los orientales comen saltamontes, pero nos encanta comer caracoles. La exposición repetida a un alimento hace que lo prefiramos, independientemente de sus características.

Presentamos una motivación interna que nos lleva a comer, pero también externa. El simple hecho de ver u oler una comida que nos gusta, puede llevarnos a consumirla, aunque no la necesitemos. De esta manera, si lo que sentimos hacia la comida es aversión, podemos dejar de consumirla y sufrir un trastorno alimenticio. Por mucho que diga nuestro cerebro o nuestra cultura, alcanzar el ideal de belleza se impone a todo lo demás.
Volviendo al tema de las dietas, analicemos qué motivación se impone: el gusto por comer o las ganas de perder peso? 

En un experimento de Ancel Keys (1950) redujeron a la mitad la cantidad de comida que suministraban a un grupo de sujetos, con efectos visibles al poco tiempo: lánguidos, apáticos, perdiendo el interés por el sexo y las relaciones sociales, obsesionados con la comida. Sin embargo, pasadas 24 semanas, se estabilizaron en un peso un 25% inferior y desaparecieron los efectos.

Siguiendo este experimento, las dietas pueden dar resultado, después de persistir muchos meses podemos estabilizarnos en un peso inferior, pero merece la pena? Si nuestro cuerpo está motivado hacia la comida, por qué castigarlo? Comiendo de forma sana y variada hacemos feliz a nuestro cuerpo, incluso dándonos algún capricho que otro. Hacer dieta es posible, pero antes de perder peso deberíamos analizar que motivación es mayor de las dos.
Si somos lo que comemos, seamos felices. 

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